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TRABAJAR DESDE EL AULA

el mayo 19, 2010 en Recursos Educativos, Sin definir

 Si pretendo escribir sobre mi experiencia como profesor que va con sus alumnos a los muesos, no me puedo apartar de mi propia historia. Siempre me han interesado los museos. De pequeño me parecían espacios mágicos, sorprendentes donde se guardaban tesoros de un valor incalculable… En la adolescencia me gustaba dibujar en las salas, tomar apuntes… Estar en las Salas de los Museos era tener acceso a un inmenso mundo visual… ¡Incluso durante algunos años tuve el privilegio de trabajar dibujando piezas en el Museo Arqueológico Nacional! Allí empecé a colaborar en la realización de guías didácticas…

 Como profesor, no puedo dejar de transmitir a mis alumnos ese interés por aprovechar todo lo que los museos nos ofrecen. Cuando vamos a un museo mis alumnos y yo nos pertrechamos de materiales para poder recorrer, ver, dibujar, reflexionar…

Intento diseñar una visita que tenga interés didáctico para ellos y para mí también, que sea divertida y a la vez que nos deje exhaustos… porque quiero que aprovechen al máximo la experiencia.

 Durante mis años como profesor he llevado a mis alumnos a trabajar a museos, salas de exposiciones y centros de arte sobre muchos autores, obras y temáticas diferentes, pero casi siempre relacionados con el arte moderno y contemporáneo.

Hemos trabajado sobre colecciones permanentes, sobre autores, sobre temas. El esquema de trabajo ha sido similar en todas las ocasiones: preparación, trabajo en el  museo, trabajo en el aula.

Cuando hemos estado desarrollando un proyecto didáctico en el departamento del IES, las visitas se han engarzado con él. En otras ocasiones, hemos relacionado la visita directamente con el currículo… o no.

La preparación de la visita trata sobre todo, de implicar emocionalmente al alumno con la actividad. Para ello les hago identificarse con un autor, un tema, una especialidad… algo de lo que vamos a ver en el museo y de lo que el alumno -y únicamente ese alumno- va a ser especialista responsable. De tal modo, que si otro compañero tiene dudas, debe consultarle únicamente a él. Cada alumno se siente único y a la vez responsable ante los demás. Tiene un protagonismo dentro del grupo. (¿Es esto empoderamiento?).

También incluyo en este apartado la realización de algunas actividades relacionadas con lo que se verá en el museo, de manera que encuentren una relación entre su obra y la expuesta en las salas. Se trata de plantear incógnitas cuyas respuestas pueden estar en el museo.

El trabajo en las salas se hace en base a un documento (una guía didáctica) elaborada especialmente para la ocasión. En ella intento que se vean incluidos los alumnos, con guiños constantes hacia ellos, con la inclusión de sus nombres, o con referencias a su posición dentro de la actividad.

En el diseño de las guías incluyo una serie de estrategias didácticas que varían desde la localización de obras en las salas, a dibujar, pintar, describir, comparar, relacionar, analizar, dar una respuesta creativa, seleccionar, opinar…

El trabajo posterior en el aula varía dependiendo del proyecto que estemos desarrollando, pero se relaciona directamente con los datos obtenidos y la experiencia vivida en el museo.

 Durante estos años como profesor (y van ¡glups!, veintitrés) he realizado una única visita ofertada por un departamento educativo, una visita dinamizada en CAIXAFORUM MADRID y que resultó especialmente interesante: organizamos dos grupos diferentes de alumnos, uno con una preparación adecuada (con una motivación previa, inserción en un proyecto educativo, etc.) y otro sin ella. Aunque a este último grupo le gustó la experiencia y se lo pasó muy bien, al primero le resultó bastante más significativa.

(También he utilizado con mis alumnos visitas guiadas a edificios singulares de Madrid en el contexto de la Semana de la Arquitectura, pero esa es otra historia).

De lo que he expuesto hasta aquí se puede deducir que, como profesor, lo que le pido a un museo, sobre todo, es que me proporcione tiempo y espacio. Condiciones necesarias para desarrollar una actividad educativa y que no todos los museos pueden proporcionar de igual manera. (Las condiciones de trabajo en las salas varían mucho incluso dentro del mismo museo: un vigilante puede permitir a los alumnos sentarse en el suelo, otro no les deja, etc.

Las estrictas condiciones en algunos museos pueden arruinar una actividad)

Otras cosas que necesito de un museo son: información y otros recursos educativos. Con este esquema de trabajo desde el aula, cuanta más información pueda tener, mejor será el resultado. Las sesiones preparatorias de exposiciones para profesores son, en ese sentido, inestimables. Entiendo los recursos desde un concepto muy amplio: toda aquella información disponible, (obras, bibliografía, vídeos, podcasts…) cursos, guías didácticas, actividades, enlaces… que permitan enriquecer el trabajo tanto del profesor como del alumno.

 ¿Y el futuro?

 Me estoy planteando algunas cuestiones que pueden dar un vuelco a mi trabajo en los próximos cursos.

  • · La información que existe en algunos sites es tan importante que pueden permitir el trabajo en el aula. Estaríamos llegando a hacer una visita virtual, entendida claro, en el contexto que he descrito antes. El despliegue de información y recursos que hay en TATE ONLINE es suficiente para armar varios proyectos educativos…

 

  • · ¿Pueden utilizarse las galerías de arte como un recurso educativo? No cuentan con departamentos educativos (aunque sería una estupenda posibilidad…) pero sí pueden ofrecer una proximidad al autor, por ejemplo, o  pueden situar a los alumnos en un terreno más difícil (pero también interesante) en el que estaríamos trabajando con obras que carecen de la certificación institucional que ofrecen los museos.

 

  • · ¿Y el arte que se está desarrollando en otros contextos? ¿Cómo enlazarlo con el aula? Durante estos días he estado editando un vídeo que grabé en el distrito madrileño de Lavapiés sobre LOS ARTISTAS DEL BARRIO http://www.youtube.com/watch?v=1zC0QyhBYWs y creo que se puede intentar. Para ello, el camino sería: convertir la experiencia en un recurso (grabación en vídeo), darla a conocer e intentar aplicar al aula diferentes planteamientos y modos de organización. En el futuro, crear y participar en la experiencia.

 

 A los departamentos educativos:

 Sois una fuente permanente de renovación pedagógica. Vuestros planteamientos y métodos revierten en el aula, modificando, promoviendo ajustes en los nuestros. Estáis situados en el puente de enlace de dos realidades, la museística y la pedagógica, haciendo equilibrio entre ambas. Necesitamos vuestro trabajo para poder desarrollar el nuestro.

No sé si esto que he escrito puede servirle a alguien, pero creo que al menos expone una manera de aproximarse al trabajo educativo en torno a los museos. En cualquier caso, se puede llegar a entender que, desde el planteamiento que he intentado describir, no me interesen las visitas guiadas estandarizadas. Y que la visita ideal sería aquella gestionada conjuntamente por el profesor y  el departamento educativo correspondiente.

J. SANTIAGO GONZÁLEZ

…experiencias, recuerdos e inquietudes sobre educación en museos

el mayo 17, 2010 en Visita Guiada?

Al hilo de lo que ha comenzado planteando Pablo en el grupo sobre «la visita…¿guiada?» se me ha venido a la cabeza un mini-relato que escribí hace un tiempo resumiendo mis sensaciones como «guía» la primera vez que me puse delante de un grupo de visitantes para supuestamente «acercarles» a la exposición del momento. Os dejo aquí el texto por si puede inspiraros, haceros recordar, reflexionar o reir. A partir de aquí, también podemos comentar, como apuntan Pablo y Belén, cuáles podrían ser nuestras posiciones alternativas al respecto…

La primera vez que hice una visita guiada en un museo llevaba puestos unos zapatos muy graciosos. Iba vestida toda de negro, con el “uniforme” que nos habían dado en el museo que, supuestamente, debía resultar elegante y serio. A mí me parecía que eso de vestirnos de negro era una estrategia para que pasáramos desapercibidas y no hiciéramos la competencia a las obras a la hora de acaparar las miradas de los visitantes. En fin, que con mi atuendo de luto y mis zapatos de payaso me enfrenté a aquel grupo heterogéneo de turistas sonrientes que esperaban ansiosos que les contara ‘lo que Kandinsky quiso representar’ en aquellos cuadros tan coloridos. Por supuesto yo había aprendido de memoria no sólo el catálogo de la exposición y los textos de las audioguías, sino que también había tomado buena nota de la visita “a puerta cerrada” que nos había hecho el comisario de la exposición un día antes de la inauguración. Recuerdo haberme pasado los seis meses que trabajé en ese museo permanentemente en tensión: siempre estaba nerviosa por memorizar datos. Datos que tenían que ver con características formales de las obras expuestas, del edificio, de los autores. Eran fechas, cantidades, nombres y todo tenía que ser exacto. Para la institución era incuestionable que nuestro trabajo consistía en aprender ese tipo de referencias y después contárselos al público de forma unidireccional y sin titubear. Por supuesto, se nos proporcionaba una sola visión de los objetos, que teníamos que aprender detalladamente y reproducir sin error una y otra vez. Con todo ese material impreso a fuego en mi cabeza, suponía que tenía todas las herramientas necesarias para guiar al grupo por la exposición y, sobre todo, para ‘hacerles entender’ todas aquellas pinturas abstractas.

Me hizo falta poco tiempo para darme cuenta de que esto no era así y fue gracias a mi calzado, que captaba la atención de los visitantes mucho más que mi recital de datos, nombres y frases hechas. La gente permanecía atenta a unas pequeñas huellas impresas en el frente de mis zapatos y se divertía mirando cómo se movían cuando caminaba. “Vale, no me están escuchando –pensaba- ¿Qué puedo hacer para que se interesen por la exposición?, ¿será posible que comenten ellos alguna cosa o debo seguir adelante con mi monólogo?” -me decía. Supongo que la respuesta estaba en ellos y que tendría que haber tratado de establecer un diálogo con aquel público pero ese no era nuestro cometido. Teníamos instrucciones claras sobre cómo hacer una visita guiada (y darle al público la posibilidad de comentar las obras no era una de ellas) y no sólo no nos podíamos salir del guión establecido sino que además teníamos que seguir un recorrido fijado. El itinerario sólo se modificaba en función de los otros guías que estuvieran trabajando en salas pero no se cambiaba porque quizás te apeteciera hablar de alguna cuestión transversal a las obras expuestas, porque los visitantes tuvieran algún interés específico o algo similar. Los temas a tratar eran los evidentes para un museo que parte de una concepción de la historia del arte canónica: el artista, su historia, la evolución de sus obras y, como mucho, su relación con otros artistas (siempre que sus obras estuvieran también expuestas). Así, no se presentaba ningún aspecto controvertido ni tampoco se dejaba que los ‘guías’ expusiéramos nuestra voz ni construyéramos nuestro propio discurso.

Sentir que mi voz no significaba nada para el museo y que yo era para ellos poco más que una “audioguía con rostro”, me marcó profundamente y me hizo comenzar a interesarme por la función y la posición de los guías y educadores que trabajan en los museos. Mi primera intuición fue pensar que esa no podía ser la única forma de acercarse al arte ni de aprender algo a partir de él. Por ello empecé a reflexionar sobre: ¿cómo se podría permitir que los visitantes se conecten con el material expuesto?, ¿de qué manera los educadores podemos crear narrativas distintas a las que impone el museo?, ¿no sería posible compartir múltiples versiones sobre las exposiciones, dejando así espacio a que los visitantes del museo puedan acercarse a las piezas desde ellos mismos? Mi discurso aprendido fielmente de aquellos dossieres, catálogos y hojas de sala escritos por especialistas no tenía ninguna grieta, no presentaba ninguna duda, por lo que los visitantes sólo podían aceptar lo que estaba diciendo, sin aportar sus opiniones de las obras o establecer sus propias conexiones. De esta forma, siempre estaban en la posición de aquel que no sabe, que debe callar y escuchar la voz del experto (el museo, el comisario, el artista), en este caso transmitida por un educador entendido como un guía.

Ahora que ha pasado algún tiempo desde mi primera experiencia como guía en aquel museo, observo que en muchas instituciones se sigue fomentando esta noción de un educador transmisor que tanto me inquietó en su momento y, entre otras cosas, me preocupa ver cómo a los educadores se les sigue demandando que memoricen un discurso –concebido como único e indiscutible- para que después se lo reciten a los visitantes. Ante esta situación, pienso que se podrían promover otras formas de ser educador, impulsando que se conciban como agentes en la construcción del significado, es decir, que a partir de dudar, de no dar por supuesto, de considerar otras aproximaciones, de buscar distintos vínculos y de entablar conversaciones con el público, puedan constituir otras narrativas de la educación en los museos. (Relato autobiográfico, Valladolid, noviembre 2007)