…experiencias, recuerdos e inquietudes sobre educación en museos

mayo 17, 2010 in Visita Guiada? by Eneritz Lopez Martinez

Al hilo de lo que ha comenzado planteando Pablo en el grupo sobre “la visita…¿guiada?” se me ha venido a la cabeza un mini-relato que escribí hace un tiempo resumiendo mis sensaciones como “guía” la primera vez que me puse delante de un grupo de visitantes para supuestamente “acercarles” a la exposición del momento. Os dejo aquí el texto por si puede inspiraros, haceros recordar, reflexionar o reir. A partir de aquí, también podemos comentar, como apuntan Pablo y Belén, cuáles podrían ser nuestras posiciones alternativas al respecto…

La primera vez que hice una visita guiada en un museo llevaba puestos unos zapatos muy graciosos. Iba vestida toda de negro, con el “uniforme” que nos habían dado en el museo que, supuestamente, debía resultar elegante y serio. A mí me parecía que eso de vestirnos de negro era una estrategia para que pasáramos desapercibidas y no hiciéramos la competencia a las obras a la hora de acaparar las miradas de los visitantes. En fin, que con mi atuendo de luto y mis zapatos de payaso me enfrenté a aquel grupo heterogéneo de turistas sonrientes que esperaban ansiosos que les contara ‘lo que Kandinsky quiso representar’ en aquellos cuadros tan coloridos. Por supuesto yo había aprendido de memoria no sólo el catálogo de la exposición y los textos de las audioguías, sino que también había tomado buena nota de la visita “a puerta cerrada” que nos había hecho el comisario de la exposición un día antes de la inauguración. Recuerdo haberme pasado los seis meses que trabajé en ese museo permanentemente en tensión: siempre estaba nerviosa por memorizar datos. Datos que tenían que ver con características formales de las obras expuestas, del edificio, de los autores. Eran fechas, cantidades, nombres y todo tenía que ser exacto. Para la institución era incuestionable que nuestro trabajo consistía en aprender ese tipo de referencias y después contárselos al público de forma unidireccional y sin titubear. Por supuesto, se nos proporcionaba una sola visión de los objetos, que teníamos que aprender detalladamente y reproducir sin error una y otra vez. Con todo ese material impreso a fuego en mi cabeza, suponía que tenía todas las herramientas necesarias para guiar al grupo por la exposición y, sobre todo, para ‘hacerles entender’ todas aquellas pinturas abstractas.

Me hizo falta poco tiempo para darme cuenta de que esto no era así y fue gracias a mi calzado, que captaba la atención de los visitantes mucho más que mi recital de datos, nombres y frases hechas. La gente permanecía atenta a unas pequeñas huellas impresas en el frente de mis zapatos y se divertía mirando cómo se movían cuando caminaba. “Vale, no me están escuchando –pensaba- ¿Qué puedo hacer para que se interesen por la exposición?, ¿será posible que comenten ellos alguna cosa o debo seguir adelante con mi monólogo?” -me decía. Supongo que la respuesta estaba en ellos y que tendría que haber tratado de establecer un diálogo con aquel público pero ese no era nuestro cometido. Teníamos instrucciones claras sobre cómo hacer una visita guiada (y darle al público la posibilidad de comentar las obras no era una de ellas) y no sólo no nos podíamos salir del guión establecido sino que además teníamos que seguir un recorrido fijado. El itinerario sólo se modificaba en función de los otros guías que estuvieran trabajando en salas pero no se cambiaba porque quizás te apeteciera hablar de alguna cuestión transversal a las obras expuestas, porque los visitantes tuvieran algún interés específico o algo similar. Los temas a tratar eran los evidentes para un museo que parte de una concepción de la historia del arte canónica: el artista, su historia, la evolución de sus obras y, como mucho, su relación con otros artistas (siempre que sus obras estuvieran también expuestas). Así, no se presentaba ningún aspecto controvertido ni tampoco se dejaba que los ‘guías’ expusiéramos nuestra voz ni construyéramos nuestro propio discurso.

Sentir que mi voz no significaba nada para el museo y que yo era para ellos poco más que una “audioguía con rostro”, me marcó profundamente y me hizo comenzar a interesarme por la función y la posición de los guías y educadores que trabajan en los museos. Mi primera intuición fue pensar que esa no podía ser la única forma de acercarse al arte ni de aprender algo a partir de él. Por ello empecé a reflexionar sobre: ¿cómo se podría permitir que los visitantes se conecten con el material expuesto?, ¿de qué manera los educadores podemos crear narrativas distintas a las que impone el museo?, ¿no sería posible compartir múltiples versiones sobre las exposiciones, dejando así espacio a que los visitantes del museo puedan acercarse a las piezas desde ellos mismos? Mi discurso aprendido fielmente de aquellos dossieres, catálogos y hojas de sala escritos por especialistas no tenía ninguna grieta, no presentaba ninguna duda, por lo que los visitantes sólo podían aceptar lo que estaba diciendo, sin aportar sus opiniones de las obras o establecer sus propias conexiones. De esta forma, siempre estaban en la posición de aquel que no sabe, que debe callar y escuchar la voz del experto (el museo, el comisario, el artista), en este caso transmitida por un educador entendido como un guía.

Ahora que ha pasado algún tiempo desde mi primera experiencia como guía en aquel museo, observo que en muchas instituciones se sigue fomentando esta noción de un educador transmisor que tanto me inquietó en su momento y, entre otras cosas, me preocupa ver cómo a los educadores se les sigue demandando que memoricen un discurso –concebido como único e indiscutible- para que después se lo reciten a los visitantes. Ante esta situación, pienso que se podrían promover otras formas de ser educador, impulsando que se conciban como agentes en la construcción del significado, es decir, que a partir de dudar, de no dar por supuesto, de considerar otras aproximaciones, de buscar distintos vínculos y de entablar conversaciones con el público, puedan constituir otras narrativas de la educación en los museos. (Relato autobiográfico, Valladolid, noviembre 2007)